Boston Celtics

Viaje a los orígenes del small-ball en la NBA: Tom Heinsohn, Dave Cowens y la necesidad de reinventarse

Condenados a ganar eternamente en 1966, los Boston Celtics habían conseguido su noveno título en 10 años, siendo ocho de ellos seguidos. A punto de cumplir 49 años, Red Auerbach sentía que había llegado el momento de pasar más tiempo con la familia, al fin y al cabo entre la temporada regular, las gestiones de la offseason y demás asuntos tan solo pasaba unos días junto a su esposa Dorothy en su casa de Washington DC, donde residía su familia durante todo el año. Así, el aclamado técnico tomó la decisión de dar un paso atrás en la organización, dejando el cargo de entrenador. Determinar quién era lo suficientemente digno de portar el peso del mejor equipo del momento no era una ecuación fácil de resolver.

-¿Tom? Tengo algo que ofrecerte

-Dispara, Red.

-Verás, he decidido que voy a retirarme cuando terminemos los Playoffs, y he pensado que tú podrías ser mi sustituto.

-¿Cómo? No creo que sea capaz de poder entrenar a Russell, ambos jugamos juntos y todo eso... ¿Has pensado en ofrecerle el puesto a Bill? Creo que puedes sacar lo mejor de él.

-No lo sé, Tommy, creo que voy a tener que seguir buscando.

Aquella llamada, junto al diálogo que Red y Russell tuvieron, fue el detonante de un último trienio que dejó dos campeonatos más en los Celtics. Un último canto de cisne para una dinastía de leyenda que vivió su punto álgido en el séptimo encuentro de las Finales de 1969. Aquel duelo supuso el fin del proyecto y, al mismo tiempo, el inicio de uno nuevo. Esta vez, Tom Heinsohn no pudo resistirse a la insistencia y persuasión de Auerbach y acabó aceptando el puesto. ¿El reto? Liderar la reconstrucción del equipo y devolverlo a la élite, algo más fácil de hacer que de decir, más con un plantel en la que la mayor parte de las vacas sagradas iban a decir adiós y donde solo John Havlicek tenía madera de estrella. Y como era de esperar los resultados en el primer año, la temporada 1969-1970, no fueron en absoluto positivos. Por primera vez desde 1950, cuando todavía Red Auerbach era entrenador de los Tri-Cities Blackhawks, la franquicia de Boston no estaría en la lucha por el campeonato después de concluir en penúltima posición de la División Este, solo por delante de los Detroit Pistons.

No obstante, aquel frustrante año tuvo su recompensa, puesto que obtuvieron la 4ª elección en el Draft gracias a tener el 4º peor balance de la competición. Un Draft donde el talento no abundaba que digamos, más teniendo en cuenta que muchos de los mejores jóvenes del país estaban comenzando a preferir unirse a la ABA, la liga rival, como Dan Issel o Charlie Scott. Cuando le llegó el turno a Boston, los prospectos más destacados ya estaban en manos de Pistons (Bob Lanier), Rockets (Rudy Tomjanovich) y Hawks (Pete Maravich), por lo que tuvieron que "contentarse" con Dave Cowens, un pivote undersized y humilde surgido de las profundidades de Kentucky.

En una época en la que la altura, el rebote y la capacidad de anotar en los aledaños del aro eran tan vitales como lo puede ser el triple y el bloqueo directo en la actualidad, los Celtics confiaron que Cowens sería el sustituto perfecto de Bill Russell, como un nuevo capítulo de una historia que conocían muy bien. Pero el problema estaba en que Cowens no era Bill y ni siquiera era un pivote, pues en la universidad había jugado la mayor parte del tiempo como 4, invirtiendo muy pocos minutos como 5. "Nadie podía reemplazarlo. Lo único que podía hacer era ser yo mismo y esperar que fuese suficiente", dijo el interior en 2018.

Su adaptación a la liga costó más de lo esperado, especialmente en defensa, pues el joven trataba una y otra vez de probar su valía intentando emparejarse con todo aquel jugador que tuviese en frente, daba igual que fuese más grande, más fuerte o más rápido. Esta bravuconería le valió para acabar liderando la liga en faltas personales cometidas, con una media de 4,3 en su temporada de novato. Pese a esto, Cowens probó que tenía algo que lo hacía especial, sabiendo corregir la diferencia física con respecto a sus homólogos de posición con gran inteligencia, marcando la diferencia bajo los aros y demostrando tener una gran visión de juego. Red Auerbach había engañado a todo el mundo en el Draft, pues hizo creer que iba a seleccionar a Sam Lacey, otro interior que destacaba por su presencia física y como taponador, para finalmente hacerse con Dave y los resultados no pudieron ser mejores, logrando este el Rookie del año, siendo el séptimo máximo reboteador de la competición. De toda la década de los 70, tan solo Kareem Abdul-Jabbar y Elvin Hayes capturarían más rechaces que el pivote de Kentucky.

Sin embargo, los resultados no fueron suficientes para entrar en los Playoffs, volviendo a quedar el conjunto de Tom Heinsohn fuera de la pugna por el anillo debido a la nueva distribución en Divisiones y Conferencias, a tan solo 3 partidos de los 76ers. De este modo, entrando en la campaña 1971-1972, la presión era máxima para el plantel y Auerbach logró hacerse con dos piezas que acabarían siendo vitales en esta historia: Paul Silas y Paul Westphal. Fue en este momento cuando los Celtics se plantearon una pregunta que acabaría por definir el resto de su década. ¿Necesitamos un pivote puro? La cuestión era legítima, al fin y al cabo, Cowens había tenido un fantástico año de novato como center siendo acompañado por Steve Kuberski, pero el contexto general de la NBA en aquel momento determinaba que quien tuviese el interno de mayor tamaño acabaría por imponerse, como bien habían demostrado los Lakers, Bucks o Knicks. Aunque haber movido a Cowen a su posición natural parecía tentador, finalmente Heinsohn le dio una vuelta de tuerca al plantel y a la idea de juego.

Al contrario de la tendencia general, la cual indicaba que el pivote era quien debía definir el equipo con su anotación y presencia física, el técnico lo concibió como un medio y no como un fin, haciendo que el juego de los Celtics pasara principalmente por sus manos como creador en asociación con Havlicek y White. "Al principio todo el mundo pensó que estaba loco", recordó Heinsohn para NBA.com en 2015. "Garfield Smith era un poco más grande, pero no consiguió funcionar. Incluso llegó a lanzar tres airballs consecutivos desde el tiro libre, así que no estaba destinado a ser nuestro pivote. En cambio, Dave estaba ansioso por serlo, así que le dimos la oportunidad. La gente pensaba que Dave no podría sobrevivir".

Para acometer el objetivo de regresar al éxito hacía falta darle forma y sentido al experimento. Tom Heinsohn configuró todo el estilo de juego alrededor de Cowens, pero no solo en la media cancha, sino en el concepto mismo de equipo. La idea principal era tratar de imprimir al partido un ritmo altísimo, vertiginoso, de tal modo que el otro equipo sufriese al máximo y su pivote no pudiera apenas intervenir por la sucesión continua de transiciones y posesiones. Esto en una era donde los minutajes en los interiores solían oscilar los 40 por encuentro era una apuesta interesante. Pero con jugar rápido y llevar al error al oponente no bastaría, claro está. El técnico dedicó sus esfuerzos a trabajar duro con Cowens, su objetivo era convertirlo en un point-center, alguien que pudiera manejar la pelota y estar fuera del perímetro, para lo cual necesitaba mejorar tanto su físico, como su tiro exterior y, obviamente, el pase. "Confundimos a toda la liga, los rivales cambiaban con su ala pivote sobre él y así nuestro 4 (Paul Silas) siempre se quedaba liberado".

Pero no todo fue coser y cantar, la adaptación al rol marcado por el entrenador llevó su tiempo, siendo fuente de frustraciones para el joven Cowens que, desesperado, martilleaba a llamadas telefónicas a horas intempestivas a Heinsohn.

-Tom, necesito hablar contigo. No puedo dormir.

-¿Dave? ¿Qué pasa? Son las 3 de la mañana y estamos en Buffalo, ¿te han arrestado?

-¿Crees que soy tonto, obligándome a hacer esto?-Heinsohn no sabía ni cómo responder ni salir del entuerto, pues habían tenido a Cowens completamente fuera de su zona de confort.

-Dave, si pensase que eres tonto nunca te hubiera pedido que lo hicieses. Nadie ha hecho esto antes. Si puedes con ello vas a acabar siendo el pivote más único en la NBA.

De hecho, funcionó tan bien el experimento que en su segunda temporada con Cowens como point-center los Celtics lograron un balance de 68-14, la segunda mejor marca de la historia hasta ese momento, haciéndose el pivote con el premio al MVP e incluído en el segundo mejor quinteto, mientras que John Havlicek entró en el primer quinteto además del primero defensivo.

Sin saberlo, los Celtics de Heinsohn estaban poniendo en práctica una filosofía de juego que caracterizaría la era del pace & space y de la revolución ofensiva, anticipando aquello que catapultó al éxito a los Golden State Warriors: el small-ball. Llegados a este punto es preciso hacer un inciso para tratar de definir qué características tiene esta filosofía de juego pues va más allá de simplemente poner a los jugadores de menor estatura esperando que las ventajas se den automáticamente. No, el small-ball es algo un poco más complejo, y no tiene porqué venir de la mano de que sea un básquet con 5 jugadores abiertos. Se trata de configurar un quinteto lo más homogéneo en lo físico posible, de tal modo que todos sus integrantes puedan asumir funciones muy similares en cancha, especialmente en lo defensivo, de tal modo que las marcas puedan intercambiarse de manera constante y así ofrecer una intensidad defensiva mucho mayor. Mientras, en ataque, la clave reside irremediablemente en que la función de pivote sea asumida por alguien que tenga la capacidad creativa suficiente para poner el balón en el suelo así como conectar con sus compañeros y, obviamente, que no sea especialmente alto.

El concepto de small-ball está en continua evolución a día de hoy, pues el básquet se encuentra inmerso todavía en un proceso acelerado de cambio en sus estructuras y convenciones, razón de más para buscar aquellos precedentes como fueron los Celtics de los 70 o aquellos para los que esta categoría es demasiado aventurada como pudieron ser los Syracuse Nationals de inicios de la década de 1950, con Dolph Schayes como referencia.

En el caso concreto de Boston, los roles de sus exteriores eran su fuerte, contando con la presencia de Paul Silas como ala pivote, John Havlicek como alero y Don Nelson como el perfecto reserva en las alas. Todos sabían su cometido y cómo llevarlo a cabo para tener éxito. De entre todos, Silas era el pegamento, quien hacía de nexo de unión entre Cowens y Havlicek principalmente, ayudando al pivote a poder encontrar su espacio para el lanzamiento desde la cabeza de la bombilla así como aprovechando su buen posicionamiento en el campo para dotar a Hondo de pases para anotar. Mientras, en defensa, se convirtió en el alma del grupo, siendo un reboteador táctico inmejorable, siempre presente en cada lanzamiento rival, de tal modo que el plan de Heinsohn de incrementar el ritmo y castigar desde el plano físico pudiese llevarse a cabo.

Silas fue el perfecto ejemplo de que el tamaño no es lo que importa a la hora de rebotear y jugar en el poste bajo, de tal modo que la media distancia pudiera quedar liberada para Cowens, White y Havlicek, sacando de paso al pivote rival de los aledaños del aro. "Me permitió expandirme como jugador de perímetro porque podía ocuparse de los negocios en el interior y era un reboteador ofensivo implacable. Quien se encargaba de defenderlo se encontraba ocupado durante toda la posesión. Nadie podía quitarle un ojo de encima", dijo Cowens a Grantland en 2014.

Tras quedarse a las puertas de las Finales en 1973, cayendo a manos de los campeones a la postre, New York Knicks, en 1974 el equipo verde alcanzó finalmente su plenitud de rendimiento bajo esta propuesta de juego. La mayor parte de sus rivales detestaban enfrentarse a Boston, o al menos sus pivotes, pues para ellos, acostumbrados a un ritmo de juego más pausado, de posesiones controladas y donde su zona de influencia se reducía a los aledaños del aro, contra los de Massachusetts tenían que correr, y mucho. Los interiores de mayor altura sufrían mucho, especialmente aquellos entrados en el ocaso de su carrera. Por ello, no resulta extraño que las Finales de ese año se produjese una sorpresa semejante cuando los verdes lograron superar a los favoritos Milwaukee Bucks, liderados por un Kareem Abdul-Jabbar de 2,18 de estatura.

Aquella serie ha pasado a la historia como una de las más competidas y igualadas de todos los tiempos. Boston alcanzó su punto álgido a nivel competitivo y de juego durante aquella eliminatoria por el título y la clave de todo residió en la defensa, pues de ahí surgían todas las ventajas que aquella alineación de pequeños eran capaces de generar. Usar el término agresivo para referirse a la defensa normalmente tiende a hacer referencia al uso de manos, contacto o incluso violencia, pero su nivel de agresividad tenía que ver más con cómo reaccionaban a los estímulos ofensivos de los Bucks. Durante los primeros 6 partidos los de Heinsohn desplegaron un sistema de cambios que tenía como principal objetivo frenar a Robertson, ahí es donde Cowens tenía que ser capaz de marcar la diferencia, pues si lograba detener a Big O las posibilidades de que le llegase el balón a Abdul-Jabbar se reducían considerablemente, incluso pese a que se quedase emparejado con Jo Jo White o con John Havlicek. Esa constante agresividad llevó en no pocas ocasiones a Milwaukee al error, teniendo que renunciar en los momentos clave del bloqueo directo y a muchas de las asociaciones que solían darse entre pivote y base.

Por otro lado, en ataque hubo momentos durante las Finales en los que los Celtics planteaban un espaciado ofensivo más propio de la actualidad que de mediados de los 70 con los cinco jugadores abiertos, ocupando Dave Cowens la esquina derecha, de tal modo que Chaney, Nelson y Hondo pudiesen penetrar o lanzar desde la media distancia sin que el gigante rival les condicionase. Y quizás más importante dada la época, permitía a Silas poder cargar el rebote ofensivo al alejar a Abdul-Jabbar del aro.

Boston defendió y corrió, aplicando un libro de jugadas muy limitado pero que acabó por ser más que suficiente para llevarles al triunfo. "Teníamos 6 jugadas", recordó Cowens. "En la primera el pivote manejaba la pelota el balón, en la segunda ponía un bloqueo. La tercera era un aclarado. En la cuarta jugada había un mano a mano. En la quinta era algo parecido y la sexta era con el pivote en el poste bajo. Así que en cuatro de cinco de esas jugadas el pivote era el punto de foco. ¿Cómo crees que es ahora? Han cambiado mucho las cosas, pero Tommy sabía lo que estaba haciendo".

Aunque, sin duda, lo más notable de aquella eliminatoria sucedió en el Juego 7. Siempre ocurren cosas en los séptimos, momentos de arriesgar y lanzarse a la piscina.

Tommy Heinsohn se encontraba en su oficina en el Boston Garden instantes después de haber perdido el sexto partido que podría haberles dado el campeonato. Entre cansado por las dos prórrogas y el modo que se había definido el duelo, con una conversión en el último instante de Kareem, el técnico buscaba un modo de darle la vuelta a la serie con tan solo dos días de margen. Allí, entre el humo de los cigarrillos y junto a su fiel asistente John Killilea, de repente apareció un tal Bob Cousy. "Oye, Tom, ¿por qué no le saltan al dos contra uno?". El entrenador dudó de su antiguo compañero, saltar al trap sobre Kareem era algo que nunca habían ensayado y jugarse todo a esa carta resultaba peligroso, pues de salir mal los Bucks conseguirían rápido una ventaja que podría ser definitiva en el partido. Tras un cierto tiempo de conversación, Heinsohn claudicó. "Creí en la estrategia no porque no pudiese funcionar, sino porque creía que causaría cierta sorpresa y los llevaría cierto tiempo ajustarse, quizás lo suficiente para sacarlos del partido en el primer cuarto".

De este modo, el técnico estaba a punto de cambiar todo lo que les había funcionado hasta ese momento en un abrir y cerrar de ojos, poniendo en riesgo todo por una estrategia defensiva nueva y debiendo convencer a los jugadores de que creyesen en lo decidido. Heinsohn presentó la idea a sus pupilos en una sesión de video en la víspera al séptimo donde planteó los puntos flacos de la línea exterior de los Bucks y cómo podían hacer que todo su ataque se desvaneciese. "Reconocieron de inmediato que esto podría funcionar", dijo el entrenador en 2014. "La idea era entonces convertir a Cornell Warner en el héroe de Milwaukee si podía adaptarse a la situación, porque él era el tipo al que se le iba a dar la oportunidad de anotar. Así que apostamos por eso".

Y vaya si funcionó. Tras dos cuartos Kareem estaba exhausto, sin fuerzas. Milwaukee había resistido considerablemente bien durante la primera mitad, pero finalmente la estrategia dio sus frutos gracias al trabajo de un Dave Cowens que se dejó el alma para mitigar el impacto de la estrella rival mientras en el otro costado vivió el partido de su vida anotando 28 puntos en 13 de 25 intentos. Los Bucks se desvanecieron para permitir a los Celtics conseguir su 12º campeonato, una vez más en un séptimo encuentro, perpetuando el mito, pero haciéndolo de un modo que nadie antes lo había realizado.

La narrativa con respecto a aquellos Celtics siempre se centró en que fueron un equipo trabajador, de clase obrera, pero se obvió lo más importante, pues fueron unos avanzados a su tiempo y unos revolucionarios. Heinsohn anticipó los caracteres que serían imprescindibles en el básquet contemporáneo, dando importancia al pivote como un medio para conseguir crear juego y no como un fin en sí mismo. Además, delineó la versatilidad defensiva que tan necesaria es a día de hoy. Por ello, no es extraño que uno de sus pupilos, Don Nelson, años más tarde fuese uno de los habituales del small-ball allá por donde fue.

Las opiniones aquí expresadas no reflejan necesariamente aquellas de la NBA o sus organizaciones.

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